Una empresa minera se enfrentaba a una serie de retos para suministrar aceites hidráulicos y de motor a sus vehículos mineros. Su entorno subterráneo planteaba unas condiciones de trabajo extremas, primero por su profundidad de 550 m, que suponía un reto para la instalación de los equipos, y segundo, por su entorno ATEX.
La empresa necesitaba una instalación de servicio cercana a la zona de explotación de la mina, para minimizar los tiempos de inactividad por mantenimiento de sus vehículos. También era crucial que el equipo fuera duradero y pudiera ofrecer un rendimiento fiable. La razón principal era que sus duras condiciones de trabajo incluían la posibilidad de impactos de maquinaria pesada.






















